Índice
- DONDE CABALGAN LAS VALQUIRIAS
- TRAZANDO EL ÓVALO SOBRE EL MAPA
- TROMSO NOS PUSO A PRUEBA
- 250 KM PARA ENCONTRAR UN AGUJERO EN EL CIELO
- LO QUE NADIE TE CUENTA
1. DONDE CABALGAN LAS VALQUIRIAS
Para los vikingos las auroras no eran un fenómeno. Creían que el cielo estaba dividido en dos. Nuestro mundo, Midgard. Y arriba, Asgard, donde vivían los dioses. Y lo único que los unía era Bifröst, un puente de fuego y arcoíris que solo los dioses podían cruzar. Cuando veían el cielo explotar en verde y rosa, no veían luces. Veían el reflejo del puente abriéndose. Y por ese puente bajaban a toda velocidad las Valquirias. Eran las guerreras de Odín, mujeres con armadura brillante, a caballo, que cruzaban el cielo para recoger las almas de los vikingos caídos en batalla y llevarlas al Valhalla. El verde que se mueve serpenteante, ese velo que parece cabalgar, para ellos eran las capas y las lanzas de las Valquirias.
Como resistirme a comprobar si ese puente que aparecía en el cielo cruzaba el óvalo que yo estaba trazando en el mapa para ubicarlas.


2. TRAZANDO EL ÓVALO SOBRE EL MAPA
A veces me vuelvo un poco friki en la investigación previa a un viaje y antes de reservar nada me metí en foros de cazadores de auroras, de esos que llevan 20 años persiguiéndolas. Todos repetían el mismo mantra: las mayores posibilidades de verlas se encuentran entre la latitud 65 y la 72 Norte. Así que, con ese dato, tracé el óvalo auroral sobre el mapa.
Aparecieron dos nombres cerca de mi ubicación: Abisko y Tromsø. Abisko, en Suecia, tiene el famoso Blue Hole, el cielo despejado más famoso del Ártico. Pero llegar es una odisea y además está en medio de un parque nacional aislado, con muy poco movimiento si no contratas una expedición entera que se nos salía de presupuesto.
Tromsø está en la misma latitud, 69º Norte, en pleno centro del óvalo, y además es una ciudad estudiantil muy viva, con aeropuerto, vuelos con buena conexión y cafés donde refugiarse. Decidimos que, si íbamos a tener que perseguir cielos despejados, mejor tener un lugar con todo lo necesario desde el que poder operar con el máximo de alternativas.


3. TROMSO NOS PUSO A PRUEBA
Tromsø nos recibió como lo hace el Ártico cuando quiere probar si vas en serio: nevando sin parar. Tres días. Cielo blanco, cerrado. Nada. El parte de auroras marcaba actividad alta, pero ¿de qué sirve si tienes una manta encima?
Los primeros 3 días hicimos lo que dicen las guías: el mirador del teleférico Fjellheisen, el parque de Kvaløya a 30 minutos en bus, los lugares típicos para ver auroras sin coche. Vimos muy poco. Mucha nube baja. Tromsø es fiordo y mar, y eso es una fábrica de nubes. El Kp marcaba 2, había aurora, pero encima de las nubes. Nosotras debajo, mirando un cielo blanco que se abría a cuentagotas.
Y ahí entendimos por qué en Tromsø no hay opción a la paciencia de días: es carísimo y una fábrica de nubes. No te puedes quedar esperando. Si las quieres ver, has de salir a buscarlas. Así que, inspiradas por las valquirias, nos armamos hasta los dientes — con ropa térmica, apps del clima espacial, termo de té — y nos convertimos en cazadoras.


4. 250 KM PARA ENCONTRAR UN AGUJERO EN EL CIELO
Contactamos con unos guías locales. De los que miran el satélite y no el reloj: «Hay que irse lejos. De noche. Que es cuando mejor se ven.” Huimos de la nube que se había instalado sobre Tromsø y fuimos a buscar un agujero en el cielo. A 250 km. Hasta cruzamos fronteras.
Íbamos como cebollas de expedición. 5 capas, doble guante, botas para -30º, ese mono térmico que te hace andar como astronauta, orejeras y gorro. Nada glamuroso, todo necesario. La paciencia en el Ártico no es romántica, es térmica. Si no aguantas el frío, no aguantas la espera.
Nos dejaron un trípode. Hicimos un fuego en mitad de la nada. Calentamos comida mientras el vaho se nos congelaba en las pestañas. Y esperamos. Y entonces pasó.
Primero una raya blanca, tímida. Pensamos que era una nube y casi no le hacemos caso. Pero no. Respiraba. Crecía. Se estiraba. Luego otra. Y otra. De repente el cielo no se iluminó, se abrió. Como si alguien hubiera rasgado el velo de la noche. Y empezaron los «oooh». Uno. Y a cada uno, otro mejor, más largo, más sonoro. Bailaban o … Respiraban… Verde, luego un rosa imposible, un morado al final que nos hizo llorar. Creíamos que duraría minutos. Duró horas. Un baile mágico, ininterrumpido.
Crecía, se rompía, volvía más fuerte. A las 12, a la 1, a las 2…
Mirábamos el reloj y no nos lo creíamos. A las 3 de la mañana, ya sin pies, sin manos, congeladas hasta el alma, decidimos volver. No porque se hubiera acabado, sino porque nosotras ya no podíamos más. Siguieron bailando sin nosotras.



5. LO QUE NADIE TE CUENTA
En las fotos salían de colores neón, radioactivas. Pero en realidad son un poco más claras. Un verdoso, pálido. Y eso es lo que nadie te cuenta. De noche tu ojo casi no distingue el color en la oscuridad. La cámara, con 10 segundos de exposición, sí. Ella acumula la luz que tú no puedes retener. Ella ve lo que tu alma siente, pero tu ojo no alcanza. Por eso miras al cielo, luego miras la pantalla de la cámara y vuelves a decir «oooh». Ves dos veces la misma magia.
Me preguntan mucho cuándo se ven. De septiembre a marzo. Con frío, sin luna llena, lejos de todo.
Pero la verdad también es otra: se ven cuando tienes el tesón de ir a buscarlas. Porque existen dos tipos de cazadoras. Las que se sientan en Tromsø, esperando y rezando que se despeje el cielo, con reloj, con contaminación lumínica y con poca protección para el frio. Y las que se ponen 5 capas, dos pares de guantes y conduce 250 km en la noche, con expertos que sólo miran el satélite para encontrar un claro.
¿Tú qué tipo de cazadora eres?


